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Billy, Leo & Oscar

DiCaprioRenacido

Es el 4 de abril de 1960 y en Los Ángeles, California, dan una fiesta. Concretamente, la fiesta es la gala número 32 de los Premios de la Academia de cine. La favorita de la noche tiene 12 nominaciones al Oscar y su protagonista es Charlton Heston en falda. El espectacular péplum de William Wyler ‘Ben-Hur’ va a arrasar, y todos en la industria hollywoodiense lo saben, incluido Billy Wilder, nominado a mejor director y guión adaptado por otra de hombres travestidos, ‘Con faldas y a lo loco’. Billy no es uno de esos hombres que se sienta cómodo en la derrota – y menos si se trata de Oscars – así que decide no ir a la gala y acudir a un cocktail privado para ver el desastre dorado desde la televisión. Cuando lleva aproximadamente el mismo número de martinis ingeridos que nominaciones tiene ‘Ben-Hur’, se encierra en el baño para no salir. Su mujer Audrey va en su búsqueda. “Estoy borracho, no puedo” es lo único que le alcanza a decir el genio austriaco desde el otro lado de la puerta. Minutos después y al ver que la situación sigue igual, sus amigos Kirk Douglas y Tony Curtis deciden echar la puerta abajo y meterle en un coche rumbo a su casa. Los porteros cargan con él hasta su cama mientras gimotea sin consuelo.

El próximo 28 de febrero un hombre puede acabar aún peor su noche. Leonardo DiCaprio es igual de consciente que Billy Wilder de la importancia del evento, del reconocimiento eterno de una industria caprichosa, olvidadiza y amante de la comida rápida, de la dichosa etiqueta de “ganador de un Oscar de la Academia” antes de tu nombre en cada tráiler. Su cacareada obsesión por la estatuilla le ha llevado a ser el centro de las miradas en la próxima gala. Prácticamente lo ha intentado con el abecé completo de los gustos de los académicos, consiguiendo cuatro nominaciones. Ha probado con enfermedades (autismo en ‘¿A quién ama Gilbert Grape?’), con biopics (‘El aviador’) y hasta dándole un ligero toque reivindicativo (‘Diamantes de sangre’), que siempre queda bonito como adorno en el discurso de agradecimiento. Incluso se desmarcó optando (y era por la que más se lo merecía) por la vía kamikaze en esa desfasada sátira llamada ‘El lobo de Wall Street’, pero la mojigatería yanqui jamás glorificaría de tal manera a un personaje que esnifa cocaína del ano de una prostituta mientras desvalija familias enteras desde su corazón financiero. Además, ese mismo año Matthew McConaughey (buscadme si lo he escrito bien, por favor) arrampló con un póquer definitivo: personaje real, con enfermedad, con poso reivindicativo y con cambio físico radical. Mano ganadora.

Ya avisaba el mismo Billy Wilder, gran conocedor (por amante y obrero) de su industria: “los actores que suelen hacer de protagonista, para obtener el premio tienen que cojear o hacer de retrasados. Nunca ven al tipo que se esfuerza al máximo y consigue que parezca fácil. No les basta con que abra un cajón con elegancia, saque una corbata y se ponga una chaqueta. Hay que sacar una pistola, hay que sufrir. Ésas son las normas por las que se rigen los 4.500 miembros de la Academia”. Y DiCaprio decidió sufrir. Uno puede admirar ‘El renacido’ como la última lucha del hombre contra el todo absoluto, desde un clima hostil hasta animales salvajes, desde la codicia humana hasta la orografía. Hay una lectura anterior; la de Leonardo DiCaprio realizando el último y definitivo ejercicio de gimnasia interpretativa. En la brutal película de Alejandro González Iñárritu, Leo duerme en el interior de cadáveres de animales, se come un hígado crudo, soporta tormentas, se sumerge en lagos helados, se cauteriza una herida, asiste a la masacre de su gente, llora sobre el cadáver de un ser querido, se bate contra un oso, se cae por un barranco… Es el tour de force de un hombre en busca de reconocimiento, en busca de gloria. Sin elegancia. Añadía Billy Wilder que “cualquiera que haga de jorobado tiene más posibilidades de ganar el Oscar que un protagonista atractivo. Es la venganza de los votantes porque ellos no consiguen a la chica”. Bien, la penitencia de Leo por tanta modelo inalcanzable revoloteando a su alrededor ha llegado tras arrastrar su cara por montañas inhóspitas a más de veinte grados bajo cero. Y él no piensa ver la gala por televisión. La fiesta que se va a cobrar no se la imaginan ni los productores de ‘Entourage’ en sus sueños más húmedos.

Es el claro favorito; la escalada de premios (Globos de Oro, Sindicato de actores…) hacia el colofón final en forma de Oscar prosigue imparable y ninguno de sus rivales parece tener una mano mejor para esta partida. Sin embargo, al destino le gusta hacer trampas en Hollywood. Si termina gimoteando al otro lado de la puerta, como el Wilder de las seis estatuillas, se necesitarían más de dos amigos para echarla abajo. Necesitaría a toda la tropa de galanes con talento sin reconocer que pagaron el gusto de la Academia por el más difícil todavía y su menosprecio a la sutileza. Peter O’Toole, Richard Burton, Albert Finney, Joseph Cotten, Cary Grant y Glenn Ford le tendrían que aupar, ebrio de nominaciones, para ayudarle a llegar a su cama.

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