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‘Después de la tormenta’, Koreeda sigue pintando en acuarela

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Vigesimocuarto tifón del año en Japón. El verano hace tiempo que acabó, pero Yoshiko y Ryota (madre e hijo) siguen comiendo helado. Hace apenas un mes que falleció el padre de la familia, y Ryota quiere enmendar con su hijo Shingo lo que no pudo lograr con su padre, unir los quebrados lazos familiares. Su condición de ludópata no facilita la tarea de pagar la pensión mensual que debe a su ex mujer y madre de Shingo, Kyoko. A pesar de haber ganado un premio como escritor hace años, Ryota malvive desempeñando labores de detective privado, alegando estar inspirándose para su próxima novela.

Contextualizar la sinopsis del filme no es ni mucho menos necesario para poder abordarlo, pero si Koreeda dirige, es imprescindible introducir a los personajes. El director japonés, con nueve películas en los últimos quince años, sigue reafirmándose como el retratista por excelencia de las relaciones familiares contemporáneas (hay mucho lenguaje universal en su filmografía). Nunca ha sido un pintor que domine el óleo, su estilo emplea acuarela. Hay un poso de lo anterior en creaciones nuevas, nunca llega a crear tapando por completo lo anterior. No sé si el director japonés es más maduro en cada trazo, pero sí que hay una certeza, sigue siendo Koreeda y sigue teniendo su estilo muy presente.

Y así, pintando sobre lienzo pintado, mezclando los colores primarios y obteniendo las tonalidades más naturales, crueles y también bellas, de lo que puede llegar a representar una familia, los personajes se preparan para una tormenta inminente. Es cierto que dos de sus mejores películas (‘Nadie sabe’ y ‘De tal padre tal hijo) retratan dos situaciones tan atípicas como probables: la convivencia de unos niños abandonados y el reencuentro entre dos familias cuyos hijos fueron intercambiados al nacer. Pero lo peculiar de las situaciones no condiciona su forma de pintar porque, como decimos, sigue siendo él. Y no hay tampoco deshonestidad en la representación de situaciones más naturales como la que ‘Después de la tormenta’ aborda. Al final, no deja de ser un pobre hombre consumido por unos sueños inalcanzables y una madre intentando pasar página.

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Precisamente, entre óleos y acuarelas, definen sus personajes una forma de categorizar los géneros, alegando que las mujeres tapan lo ya pintado, cubren las relaciones anteriores empezando desde cero, olvidando lo sentido, mientras que los hombres, más anárquicos en el uso de sus pinturas, son acuarelas que no terminan de borrar lo vivido, que no son capaces de empezar como si el lienzo jamás hubiese estado ya pintado. Y así, llegó la tormenta, como purificadora del alma, como símbolo del fin de un lazo emocional. Porque los hombres, tal y como un personaje afirma, seguimos persiguiendo algo que creemos haber perdido, y si no lo logramos nos perdemos en sueños inalcanzables. Juguemos al azar, juguemos a lo que un destino caprichoso quiera deparar, pero tengamos siempre presente que, los juegos, juegos son, y los sueños, sueños siempre serán, realizados o realizables, imposibles o inalcanzables, porque todos hemos sido o seremos Ryota, porque todos hemos sido o seremos Yoshiko.

Porque Koreeda sigue siendo Koreeda, porque sigue siendo un placer contemplar sus retratos, porque sigue siendo una maravilla comprobar que no deforma lo que mejor le caracteriza, la honestidad representando la vida, la honestidad representando la familia. Y así, acabó la tormenta, aunque sin duda fue mucho más agradable que la siguiente proyección que tuvimos que padecer en San Sebastián, el despropósito de Ewan McGregor como director, ‘American Pastoral’. McGregor, ni en óleo ni en acuarela, Mcgregor con plastidecor. Pero, lo dicho, gracias Koreeda.

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