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Haciendo ‘Clerks’, la divina comedia

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¿Te has gastado 27.000 dólares en esta basura?” exclama la madre de Kevin Smith después de ver su ópera prima ‘Clerks’ en el salón de casa. La película que define a una generación nunca es aquella que se empeña en definirla; las que pretenden hacerlo se convierten en análisis demasiado autoconscientes y precalentados. Difícil creerse a Winona Ryder mientras se debate entre echarse a los brazos del cantante con pelazo (el riesgo, la bohemia, la libertad) o del yuppie trajeado (el dinero, la comodidad, la renuncia) en ‘Bocados de realidad’. Directamente imposible tomarse en serio los existenciales relatos de amor entrecruzados de ‘Solteros’. Para conseguir crear una obra que sirva de pancarta reivindicativa del sentir de toda una generación es necesario un detalle: no pretender lograrlo. Sus anhelos, sus miedos, sus dudas y frustraciones se colarán solas, como parte de un truco de magia, por las rendijas que sólo abre la autenticidad. La cinta definitiva para la iconoclasta Generación X la perpetró un tipo que fue expulsado de la universidad por tirar globos de agua, un tipo que renunció a su trabajo para poder asistir al estreno en salas de ‘Batman’ y que vendió su espectacular colección de cómics para financiar una barrabasada fílmica en blanco y negro sobre dos perdedores charlando. Ésta es la historia de ‘Clerks’.

En algún momento de sus vidas todos los directores sufren un instante revelador tras el que se levantan de la butaca del cine y ya no se vuelven a sentar igual nunca más. A Kevin Smith le sucedió en un Angelika Film Center mientras contemplaba ‘Slacker’, aquella celebración del caleidoscopio cultural y social que conoció un descarado Richard Linklater al airear su inquieta cámara por la ciudad de Austin, Texas. Los espectadores estallaban en carcajadas con la peculiaridad de sus encuentros, pero uno de ellos miró a su alrededor y pensó: “yo puedo hacer que esta gente se ría más”. Abandonó el curso de ocho meses al que acudía en la Escuela de Cine de Vancouver y se encerró para verter sobre el papel toda su mala baba. Una frase de Robert Rodríguez (director emergente a principios de los 90 con ‘El mariachi’) a propósito de la dificultad de erigir una primera obra le marcó el camino: “tienes que utilizar las cosas a las que tienes acceso”. Smith situó toda su historia en la misma tienda en la que trabajaba desde las 6 de la mañana hasta las 11 de la noche. Y para gestionar toda la producción echó mano de un artículo sobre presupuestos cinematográficos amateur del periodista Peter Broderick para la revista aspiracional Filmmaker. El creciente mercado del cine independiente norteamericano ya se alimentaba a sí mismo.

En un mes escribió ‘Inconvenience’, la historia de un joven que se enfrenta a la peor jornada laboral de su vida al tener que acudir a su trabajo como dependiente en un pequeño supermercado el día que le tocaba librar. Hasta cinco veces repetirá “yo no debería estar hoy aquí” mientras asimila que su pequeño mundo (un amigo que le considera un paria y una novia que le confiesa haber chupado “un total de 37 pollas”) conspira contra su pobre existencia. Smith consiguió reflejar sus interminables conversaciones en las horas muertas de la tienda (“mi verdadero trabajo allí era intentar no trabajar”) con una acidez y realismo sucio que convertían su libreto en vitriolo puro. Era la condena eterna vista desde el mostrador y sin propinas: la dividió en nueve capítulos como nueve son los anillos del infierno en ‘La divina comedia’ y bautizó al protagonista como a su autor, Dante Alighieri.

En el poco tiempo que estuvo en la Escuela de Cine de Vancouver entabló amistad con otro estudiante llamado Scott Mosier con el que hizo un pacto: el que primero terminara su guión llamaría al otro para producir juntos la película. ‘Inconvenience’ pasó a llamarse ‘Clerks’ y ambos se embarcaron en un rodaje de principiantes que duró 21 noches (el dueño sólo les permitía rodar tras cerrar el establecimiento) mientras Nueva Jersey sufría importantes inundaciones. Smith sacó todo el dinero de sus cuentas, vendió muchos de sus cómics, pidió 3.000 dólares a sus padres y reservó 500 para poder participar en el Independent Feature Film Market. Consciente de sus limitaciones técnicas, decidió rodar en blanco y negro para evitar complicaciones con la iluminación. De las audiciones que realizó a familiares, amigos y vecinos, escogió como pareja protagonista a Brian O`Halloran y Jeff Anderson, dos tipos cuya experiencia interpretativa no pasaba del teatro del instituto. Apostó también por el showman de su pandilla, Jason Mewes, que era incapaz de representar su papel si había gente a su alrededor, así que optaron por dejar la cámara encendida y el plano encuadrado y largar al equipo al completo en todas sus escenas. “¿Enseñas la polla a cualquiera en las fiestas y ahora te da vergüenza esto?”, le preguntaba Smith.

Parecía una puta ciudad fantasma”. A la primera proyección de ‘Clerks’ asistieron exactamente diez personas. Días después, el recuerdo de la película sólo le causaba vergüenza a su creador. Deprimido, tirado en casa de sus padres con ese horrible sentimiento de “eh-quizá-ya-no-sea-tan-joven”, recibe una llamada. Uno de esos diez espectadores se llamaba Bob Hawk y era miembro del comité de selección del Festival de Sundance, el mayor escaparate de cine joven e independiente del mundo. Entusiasmado, le había hablado de la película a la periodista Amy Taub, que consigue verla y escribe un artículo favorable para el Village Voice. Otra copia impulsada por Hawk llega hasta el productor independiente John Pierson: “aún no hay público para tu película, pero lo habrá.” Le aconseja cortar el final original en el que Dante es tiroteado por un ladrón justo antes de terminar la jornada y le apadrina en Sundance.

‘Clerks’ no sólo triunfó en aquella edición de 1994 sino que obtuvo el Premio a la Juventud en el todopoderoso Festival de Cannes y terminó convirtiéndose en un artefacto cinematográfico muy rentable al levantar 3 millones de dólares. La crítica aplaudió su desenfado, su frescura y su incorrección política. Incluso destacó como una virtud el hecho de que su existencial historia estuviese enteramente ambientada en un supermercado, como una clara metáfora del consumismo al que se veían sometidos los jóvenes. Para Smith aquello no era una alegoría, era una necesidad. Cosas de la autenticidad. Cinco películas después, decidió volver a encerrarlos. En ‘Clerks 2’, Dante ya no se ahogaba en sus propias manías entre las paredes de un supermercado de barrio; ahora era un treintañero con estúpido uniforme que se quejaba por trabajar en una cadena de restaurantes de comida rápida. El monumento al desencanto de Smith aún no ha terminado: el guión de la tercera y última parte está en marcha.

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