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Icono patrio

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¿El primer rostro que se me viene a la cabeza si pienso en el prototipo de hombre estadounidense? John Wayne. También Gary Cooper. También James Stewart. Tipos fuertes, tipos correctos, que siempre caminan recto y rectos, y que si tienen que llorar lo harán con una lágrima silenciosa. Como diría Tony Soprano, hombres que saben lo que tienen que hacer y lo hacen sin quejarse. ¿Franceses? Tipos feos, pero atractivos, con personalidad arrolladora y carisma infinito: Jean Paul Belmondo, Serge Gainsbourg. ¿Italianos? Irían con Marcello Matroianni a la cabeza; guapos, con clase y perfectamente vestidos aunque algo distraídos. Pero, ¿y los españoles? ¿Quién es nuestro icono? Yo lo tengo claro: José Luis López Vázquez.

Sí, vale. Su nombre no es tan sonoro ni cinematográfico como el de los anteriores. Probablemente, si miras al buzón de al lado, tu vecino se llame igual, pero ésa era su gran baza. Era un españolito cualquiera. Y ha participado en tantísimas películas capitales para nuestra peculiar Historia que se merece ese puesto: joyas del humor negro, con su parte de tragedia, su parte de comedia y su dosis de crítica disfrazada como ‘El pisito’, ‘Plácido’, ‘Atraco a las 3’, ‘El verdugo’ o ‘La escopeta nacional’. También se ha salido de la foto, brillando en rarezas como ‘La marca del lobo’ (haciendo de epiléptico/licántropo) o ‘Mi querida señorita’ (de travesti). En sus películas no permanecía en silencio, no lo decía todo con una irresistible mirada, no conquistaba a la chica por sus imposibles hazañas, él se quejaba, dudaba y sudaba, daba pataletas y lloraba patéticamente. Y a la chica (si se la llevaba) era por pesao. Su cara parecía haber sido dibujada por Francisco Ibáñez, y encajaba perfectamente en ese mundo tan español, de palillos y peluquines, carajillos y quinielas que dibujaba el historietista catalán.

Sin embargo, para ser icono hace falta algo más. Es necesario una imagen, una escena que tenga la suficiente fuerza como para resumir una época, un pueblo, un sentimiento colectivo. López Vázquez la tiene: la más famosa, la de ‘La cabina’, gritando, dando golpes para salir de ella, desesperado, ansioso, inútil. Principios de los 70; no hace falta explicar la metáfora. La segunda, de la mano de dos maestros como Berlanga y Azcona, en ‘¡Vivan los novios!’, en una escena final espectacular, mostrando el contraste entre la España que se quería vender al exterior de sol, olés y paella, y la que en realidad era, con una troupe oscura, con todos los botones de la camisa abrochados, sudorosa, que ya no sabe si se está celebrando un entierro o una boda (¡para el caso!), desfilando por una playa llena de alemanas, suecas, inglesas en bikini, que miran sin entender muy bien qué está pasando. Nuestro icono llora porque su madre ha muerto, pero más porque empieza a comprender que jamás va a probar las alegres carnes de esas guapas y desinhibidas chicas, a las que todavía se acerca, entre desmayos, alargando patéticamente su brazo como quien ve un espejismo en el desierto. Probar un poco de libertad, desaflojarse la corbata; y no estoy hablando de simple sexo. La música va cambiando continuamente de registro, de tono dramático a circense, y el espectador, con un plano aéreo, casi cenital observa cómo esa negra comitiva lleva la forma de una araña, que atrapa al pobre hombre y le arrastra consigo, como imagen de una sociedad oprimida, llena de prejuicios y restricciones. José Luis López Vázquez la puso cara.

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