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John Wayne y la eternidad

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¿Cómo puedo odiar a John Wayne y a su vez amarle en el último rollo de ‘Centauros del Desierto’?” Jean Luc Godard

Una puerta cerrándose. No son pocas las grandes películas que terminan así: el ‘Encadenados’ de Hitchcock, ‘El Padrino’ de Coppola, los ‘Centauros del Desierto’ de Ford. Ninguna tan poética y tan apasionada como en esta última. La puerta, que casi no se siente como tal, es pura negritud, se cierra sola y con violencia, chocando con la apacible música y los tranquilos movimientos de los personajes, que han conseguido su misión. La hija huérfana ha sido rescatada y llevada a casa de sus tíos; el contraluz más famoso, mágico e imitado del Séptimo Arte. Todos entran en la casa a descansar, a contarse las historias que quedaron, a vivir sus vidas. Todos menos uno: Ethan Edwards no cruza la puerta. Se queda en el porche, y contempla solo por unos segundos la bonita escena. Nadie le invita. Tampoco lo espera. Es un extraño, un héroe sin paraíso, un Ulises sin Ítaca. Se sabe derrotado: luchó en el bando equivocado en la guerra, y perdió, aunque no fuera suya, a la amada en un incendio. Sin lugar en la nueva América, sin hogar, le da la espalda a la felicidad, y parte solitario hacia el desierto, hacia la inmensidad que le azota con un fuerte vendaval. Y la cámara se queda con él. Con Ethan Edwards, con John Wayne, al que ese portazo, esa escena de arrebato cinematográfico, le abría el libro de la eternidad.

Marion Robert Morrison, nacido en Iowa en 1907 en el seno de una familia humilde, sacaba buenas notas en el instituto y destacaba en el equipo de fútbol americano. Su andadura en el cine comenzó desde abajo, como extra en películas, un trabajo de verano para pagarse las entradas de los partidos de fútbol. Poco a poco, empezó a obtener frases y pequeños papeles en multitud de westerns de serie B, hasta que dio el salto al estrellato de la mano de John Ford con ‘La diligencia’ interpretando a Ringo, un fuera de la ley. La introducción del personaje es antológica, deteniendo la diligencia con un grito mientras voltea su rifle, apareciendo de la nada, y presentándonoslo con un zoom a su cara. Ha nacido una estrella. Y no sabemos si con conocimiento de causa o porque no había una toma mejor (más probable esta última), una estrella algo desenfocada…

El John se lo puso él mismo, y el Wayne se lo sugirío el gran Raoul Walsh. Lo del apodo, ese “Duque”, no tiene mucho misterio, aunque diese pie a muchas leyendas; ni desciende de aristócratas, ni interpretó de forma magistral a un duque en una función escolar. Simplemente le llamaron como al perro del hogar. Ojos azules, dos metros de altura y una imponente presencia ante la cámara le sirvieron para hacerse con el récord de número de películas como protagonista: 142. La mayoría fueron westerns, el género que según él “más se acerca al Arte de todo el negocio cinematográfico”. Le ayudó e inspiró mucho Harry Carey, su ídolo y a la postre amigo, una de las primeras estrellas del cine del oeste, que tenía como peculiar seña de identidad agarrarse el codo derecho con la mano izquierda. Curiosamente, ambos padecieron del mismo complejo profesional: el encasillamiento. Wayne estuvo muchos años acomplejado porque no hacía más que de… John Wayne. ¿Limitado como actor? Seguramente. Eso decían algunos críticos de la época. Hay actores que más que ser intérpretes, creadores de personajes, son iconos. Como Humphrey Bogart, como Cary Grant, como Marilyn Monroe. Los guionistas saben cómo escribir papeles para ellos, los directores saben cómo dirigirles, los productores los quieren en sus estudios, y los espectadores quieren ver cómo su mera presencia llena la pantalla. Tras un consejo de la mujer de Carey (“¿Tú quieres ver a Harry actuar de otra manera? Por supuesto que no. El público americano no te quiere ver en otros papeles. Debes ser lo que ellos quieren que seas”.), Wayne le dio la vuelta al problema e hizo de él su mayor virtud: “todos los papeles que interpreto están hechos a mi medida. Hago de mí mismo en todas las películas sin importame el personaje. Y lo hago bastante bien.”

Con el maestro John Ford, el director del parche y los 4 Oscar de la Academia, formó una de las más gloriosas asociaciones de Hollywood, dando luz a títulos maravillosos como ‘El hombre tranquilo’, ‘Misión de audaces’, ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ o ‘Río Rojo’. Practicamente, trabajó con los realizadores norteamericanos más respetados: Howard Hawks, John Huston, Michael Curtiz, George Stevens, Otto Preminger, Nicholas Ray, John Sturgess… Y ganó un Oscar por su interpretación en ‘Valor de ley’, uno de esos galardones que más que por una obra concreta, se entregan por una carrera entera; carrera extensa y, por lo tanto, no exenta de puntos negros. Sus batacazos actorales más sonados coinciden con salidas de tono de su registro habitual: hizo de Genghis Khan en ‘El conquistador de Mongolia’, y de soldado del Imperio Romano en ‘La historia más grande jamás contada’. Ni los rasgos asiáticos ni la falda le sentaron bien.

Sobre el celuloide, el Duque era la quintaesencia del star-system de Hollywood, y uno de los máximos exponentes del cine clásico norteamericano, una manera de entender el arte y la industria que en los años 60 entró en decadencia. Soplaban nuevos vientos que traían cambios de valores en la sociedad, y a su vez cambios artísticos; y Wayne venía de otro tiempo y de otra América.

Una de sus grandes virtudes era la profesionalidad: esa que le llevó a no usar dobles en muchas escenas de riesgo y romperse 3 costillas tras caerse del caballo, o a parar una fiesta celebrada por el mismísino Sinatra en un hotel en Las Vegas (no sin antes romperle una silla en la espalda al guardaespaldas del cantante) porque hacían mucho ruido y él tenía que dormir para trabajar bien a la mañana siguiente. Otra virtud era su lealtad a sí mismo, a sus principios: “un hombre debe tener un código, un credo por el que vivir, no importa su trabajo. Yo siempre he seguido el consejo de mi padre. Me dijo que siempre mantuviera mi palabra, y que nunca insultara a nadie de forma inintencionada. Si te insulto, puedes estar seguro de que era mi intención”. Y así lo hizo; el último cowboy no cambió a pesar de los vientos, y murió con las botas puestas. Dejó desgraciadas perlas como “defiendo la supremacía blanca”, o “hicimos bien en quitarles las tierras a los indios nativos”, mientras a su vez se declaraba homófobo, adalid de los valores ultraconservadores, y del fanatismo patriótico. Mostró su repulsa por todas aquellas nuevas películas del joven y convulso Hollywood de los 60 plagadas de violencia y sexo explícito (por ello rechazó virulentamente la petición de Clint Eastwood de trabajar juntos), se posicionó a favor de la Guerra de Vietnam (hasta se pasó detrás de las cámaras para dirigir la impopular ‘Boinas verdes’ para demostrarlo), y apoyó al Senador Goldwater, que votó contra la Ley de los Derechos Civiles de 1964. Defendió hasta el final un estilo de vida, un modelo de cine y de hombre, el suyo: “los hombres deben ser duros, justos, valientes, y nunca mezquinos. No deben buscar pelea, pero tampoco esconderse de ninguna”. Él sabía, en sus últimos días, que su tiempo había pasado, pero sin importarle siguió cabalgando recto, siempre según sus propias directrices. En la sala de montaje de ‘El último pistolero’, film que sirvió al Duque para despedirse antes de su muerte, había una escena del duelo final en la que disparaba a un hombre por la espalda. Exigió que se quitara esa imagen del corte definitivo, y así se hizo. Sin embargo, Don Siegel, director de la película, no pudo contener un lacónico “Clint Eastwood lo hubiera hecho”.

John Wayne, la estrella que el gran público conoció desenfocada, sabía que tenía mucho del racista, violento y lleno de odio Ethan Edwards, el protagonista de ‘Centauros del Desierto‘. A su primogénito le bautizó como Ethan, y a Harry Carey, su ídolo y amigo, ya fallecido, le brindó un sincero homenaje antes del portazo eterno: se agarró el codo derecho con la mano izquierda.

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