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‘El espíritu de la colmena’ o el lirismo de la mejor película del cine español

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España, rota y herida. Fragmentos dispersos, rostros inquietos, miradas perdidas, luces tenues, sombras profundas, edificaciones derruidas, sentimientos quebrados, dosificados como si de provisiones de posguerra se tratasen. Dos de los contextos que más han inspirado y alimentado a nuestro cine confluyen a la perfección en ‘El espíritu de la colmena’: la guerra civil y el entorno rural. Sin embargo, esta obra, tal y como señala el periodista Javier Talentino en su escrito para Aula de Cine, “no es un largometraje denuncia sobre la dictadura, ni un película que desvele las claves de la injusta situación social en la que vive el país. Va infinitamente más allá: es el descubrimiento infantil del horror, desvelado por Victor Erice desde la creación poética, desde la sutileza del cine de la luz y de las sombras”. Y es que, si por algo destaca la obra, es por dos aspectos, Victor Erice y la belleza formal. Sin duda, una de las películas más bellas, por cómo están narradas y por cómo están rodadas, de la historia de nuestro cine. Luces y sombras componen un cuadro en el que el horror acaba de dinamitar las raíces sociales y culturales de un país quebrado por la guerra.

Ha pasado tan solo 1 año desde que Francisco Franco consumase el final de la Guerra Civil. En un pequeño pueblo de la meseta ibérica, un grupo de personas se dispone a ver ‘El doctor Frankenstein’ (1931) en un viejo almacén rural. La proyección influye en la mente de la pequeña Ana, quien no comprende la muerte ni el hecho de matar. A partir de ese momento, el monstruo y lo que representa, atormenta el sueño de Ana y servirá como hilo conductor para una historia que narra la búsqueda de la verdad, la comprensión del horror, y el viaje hacia la pérdida de la inocencia. Aparentemente, todo en orden. Pero, para una sensibilidad latente, cualquier gesto cultural sospechoso podía ser interpretado como una ofensa al régimen. Quizá la inestabilidad política y la salud del dictador, evitaron que la ópera prima de Victor Erice sufriese la censura. Gracias.

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De la magnética belleza de sus imágenes, de la inocente mirada de la jovencísma Ana Torrent, y de la destreza y el talento de Fernando Fernán Gómez, floreció uno de los directores más influyentes de la historia de España. Con solo dos películas realizadas, Victor Erice es un mito. De los problemas de producción en su segunda y última obra maestra, ‘El Sur’, surgió su desapego por el oficio tal y como la industria lo concebía. Un autor con aroma clásico que nunca llegó a encajar en la jerarquizada composición de un rodaje. Hace tan solo dos años declaraba: “Hoy el cine es fundamentalmente un objeto de consumo masivo dictado por las televisiones”, y no le falta razón. Sin embargo y, a pesar del desencanto de una industria condenada a la secuelitis y a los superpoderes, Erice, como patrimonio nacional viviente, podría luchar contra la dictadura industrial de la que habla. No todo el mundo puede afirmar haber rodado una de las cinco mejores películas españolas (objetivamente) o la mejor película de la historia de nuestro cine (subjetivamente).

La mayor virtud de la obra es sin duda su vocación por ser aquello que la mirada de la pequeña Ana Torrent dicta. Con los ojos expresa como pocos actores han logrado. Cuando hablamos de cómo los niños pueden llegar a estropear una obra, no nos referimos obviamente a una interpretación como la de Torrent, posiblemente la mejor de una actriz joven que jamás hemos podido disfrutar. Más que una película dramática, en ocasiones parece un documental, un reflejo de lo que queda cuando la barbarie ha terminado, una representación del danzar de las cenizas cuando el fuego ha consumido todo. La inocencia de Torrent recogió los pedazos de la España fragmentada y devolvió optimistmo al reinado del horror. Solo por ello, ‘El espíritu de la colmena’ seguirá eternamente emocionando a quien tenga el placer de visionarla.

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1 Comentario

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    Plácido
    19 julio, 2016 at 11:22 pm

    Coincido contigo en el análisis que te has ventilado de esta obra maestra. Víctor Erice es, probablemente, el director más honesto del panorama cinematográfico. Sin grandes aspavientos ni fuegos de artificio ha consumado una trayectoria en la que destaca una enorme profundidad conceptual acompañada de una insuperable belleza formal.
    Su maravillosa e inclasificable “El Sol del Membrillo” aún hoy y después de múltiples re-visiones me sigue emocionando y desvelando claves sobre el proceso que desemboca en la creación de una obra de arte.
    La memorable escena de Antonio López, con un simple membrillo en la mano repitiendo una y otra vez:
    – “Qué bonito, verdad, a que es bonito??” resume, en un momento y de una manera casi zen, montones de eruditos tratados sobre arte.
    Imprescindible pues, toda la filmografía de Víctor Erice.

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