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¿Quién es Marlon Brando?

“Ser coherente es el oficio más dificil que existe.” Marlon Brando

Marlon Brando es la desesperación empapada en sudor gritándole a una mujer desde el jardín. Marlon Brando es la viperina voz de la manipulación fingiendo lágrimas frente a las masas. También es un rebelde con causa provocando el caos desde su moto. Marlon Brando es un arrebato de dignidad que intenta sacudirse la marca del perdedor (¡por un solo combate!) en el asiento trasero de un taxi. Es también un amigo traicionado que cabalga a lomos de la rabia hacia la casa del pasado. Es el rostro de la América corporativa pidiendo respeto a susurros el día de la boda de su hija. Marlon Brando es una sombra ebria de amor que deambula por las gastadas calles de París. Marlon Brando es un genio enfermo de eternidad recitando poesía en la jungla.

Probó a ser albañil, ascensorista y militar. De lo primero se cansó a los tres meses, lo segundo le daba vergüenza, y la indisciplina le apartó de lo tercero. Al final se decidió a estudiar, como su hermana, en una escuela de arte dramático para así “demostrar a quienes se negaban a creer en mis aptitudes que estaban muy equivocados”. Su descomunal y hambriento talento provocó que Elia Kazan, que años después le dirigiría en ‘La ley del silencio’ y ‘¡Viva Zapata!’, reparara en él para interpretar a Stanley Kowalski en ‘Un tranvía llamado deseo’, papel que representó en el escenario durante dos años y que le sirvió para conocer a fondo al torturado personaje escrito por Tennesse Williams y trasladarlo de forma brillante y genuina a la gran pantalla. Sin embargo, Hollywood tuvo que insistir para que el nuevo talento de Broadway le prestara sus servicios: su debut llegaría con ‘Hombres’: primer guión que le resultaba verdaderamente interesante (la historia se centra en un hospital de recuperación para parapléjicos), y primer productor que le pareció serio: “firmé un contrato con Stanley Kramer porque me gustó su mirada”.

La forja del rebelde comenzó pronto. Brando, un monumento a la osadía, parecía estar haciendo el camino de vuelta cuando aún no había ni comenzado su andadura en el cine. Su violento egocentrismo, su poliédrica y dificil personalidad, sus desmanes despóticos en los rodajes y su ostentosa extravagancia se veían compensados por la pasión en el trabajo del que sabe que ha encontrado el sentido a su vida; “al interpretar me quema dentro una especie de fuego, una especie de delirio, y me siento fuerte como un león. Sólo esto.” También por el que quizá sea el factor común de todos los grandes artistas de la historia: un profundo conocimiento de todos los recovecos del alma humana. Y seguramente este último don fuera el que dio forma al Marlon Brando vacilante, anticonformista, retorcido, exhibicionista y, si nos atenemos a los aburridos cánones habituales, también loco. Podía aparecer en el restaurante más lujoso de Nueva York vestido como un pordiosero o sentarse en el suelo y recitar en voz alta a Platón en una reunión de negocios, inventarse mil y un pasados desgraciados, reclamar a la Academia de Cine que le diera otro Oscar porque le habían robado el suyo, que utilizaba como tope para la puerta de su casa, para dos años después rechazar el ganado por ‘El Padrino’ o incluso pedirle formalmente a su padre Marlon Brando que se cambiara el nombre; “yo lo tenía primero” le respondió éste.

BrandoTranviaDeseo

La electricidad que en él causaba la actuación no siempre provocó descargas que le mantuvieran con vida. Llegó a dejar el trabajo actoral por largos períodos de tiempo, en los que se dedicó a la lucha contra las injusticias y los prejuicios raciales, mientras su complicadísima vida personal y su tendencia a la autodestrucción iban mellando una existencia convulsa: “he creado un vacío, el vacío absoluto dentro de mí y a mi alrededor. Para mí el mundo es una gran porquería y lo detesto con todas mis fuerzas”. La vuelta al escenario del mago que se había cansado de sus trucos es seguramente el más celebrado retorno por los cinéfilos. El mito sexual se había descuidado, y aunque podía haberse quedado sentado esperando la inmortalidad y la gloria, volvió con sobrepeso y sin pelo para construir tres monumentos inolvidables: dos de la mano de F.F. Coppola – Don Vito Corleone en ‘El Padrino’ y el Coronel Kurtz en ‘Apocalypse Now‘ – y el torturado Paul en ‘El último tango en París’ de Bernardo Bertolucci. Tres sacudidas históricas y memorables a los que les sigue un buen puñado de mediocres actuaciones en filmes menores que le hicieron ganarse a pulso su fama final de mercenario (con isla en el Pacífico para él solo incluida) que tanto chocaba con la visión de aquel joven bravo que sólo aceptaba papeles en nombre del Arte con mayúsculas, y que afirmaba detestar la obsesión por el dinero fácil en Hollywood.

No hay duda de que soy el actor más antipático y admirado de América.” Elia Kazan vio la eternidad en su mirada cuando era sólo el germen de un mito, pero no le señaló y le entregó el papel de Stanley Kowalski en ‘Un tranvía llamado deseo’ sin más. Antes le dio dinero y le pidió que visitara la casa de Tennesse Williams para que fuera el autor de la criatura el que confirmara el advenimiento. Un joven Brando decidió no gastarse el dinero en un taxi, ni siquiera en un autobús, sino quedárselo e ir haciendo autostop. Le imagino subiendo en distintos coches camino de su sueño, haciendo lo que más le gustaba, introduciéndose en el alma de personajes de ficción, contando historias medio inventadas a los conductores, y de paso quedándose con los dólares. Elia Kazan llamó al día siguiente a casa de Tennesse Williams para preguntarle por el talento del joven. “No sé de qué me habla”, le respondió, “aquí no ha llegado nadie”. Al segundo día volvió a llamar y la respuesta fue la misma. Elia se debía de preguntar, confundido, si quizá ese joven fuera sólo un charlatán y un canalla. Pero al tercer día volvió a llamar: Marlon Brando ya era Stanley Kowalski. Al tercer día resucitó. Al colgar, seguro que Kazan se sonrió y pensó que sí, que era un charlatán y un canalla, pero también un genio.

Me encantaría que colgaran un retrato mío en la luna y que desde allí observara el universo con la misma superioridad con que he mirado siempre el mundo. Y me reiría eternamente”.

 

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