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Woody Allen: la búsqueda del ecosistema perfecto

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¿Por qué no optar por una vida disoluta en lugar de una vida de trabajo duro? Cuando estás a las puertas del cielo, entra tanto tú como el tipo que ha llevado una vida de sibarita y donjuán. El único motivo que se me ocurre para no hacerlo es entender la vida como otra forma de negar la muerte. Te engañas pensando que hay una razón para llevar una vida con sentido, una vida productiva, de trabajo, de esfuerzo, de afán de perfeccionismo en tu profesión o arte. Pero la verdad es que podrías pasar todo ese tiempo llevando una vida regalada, en el supuesto de que te lo puedas permitir, porque al final tanto uno como otro acabaréis en el mismo sitio.

Allan Stewart Königsberg, conocido por el público como Woody Allen y por el Trivial Pursuit como el “neurótico cineasta neoyorquino y judío”, acaba de terminar el rodaje de ‘Interiores’. Es el invierno de 1977 y el oscuro mar, los cielos grises y las playas vacías de los Hamptons le han dejado prendado. Decide comprarse una casa en su exclusiva zona, la más cara de la Costa Este norteamericana, allí donde se enamoran, se engañan, se frustran, se perdonan y se autodestruyen esas élites blancas a las que tantas veces ha diseccionado con finura y sorna en su cine. Adquiere una construcción, “la más cercana al mar de Southampton” según le cuenta al periodista Eric Lax, y comienza a armar su perfecta morada. Contrata a un equipo de albañiles, varios arquitectos y jardineros. Durante todo un año trabaja con ellos para pulir hasta la perfección su nueva adquisición: desde los árboles hasta el color de los muebles. Al fin Woody, acompañado por su mujer Mia Farrow, entra en su nuevo hogar. Sale, vuelve a entrar dubitativo. Al caer la primera noche sentencia: “esto no es para mí”. Sólo han pasado unas horas, pero él echa de menos los rascacielos, el tráfico, el bullicio, los cines, las tiendas abiertas… A la mañana siguiente llama inmediatamente a su gestor con una orden clara: “vende la casa”. Una impresionante inversión, todo un año de esfuerzo y quebraderos de cabeza se traducen en una simple noche. “El rumor de las olas me ponía nervioso”, resume. No es una pataleta de enfant terrible, tampoco un capricho de estrella de rock and roll. Es la búsqueda constante del ecosistema perfecto por parte de un genio neurótico para, a través de esa misma búsqueda, experimentar el proceso de creación, el único motor que mantiene vivo a un escritor que materializa un guión original al año desde 1982, además de ensayos, obras de teatro y recientemente una serie de televisión. Durante prácticamente todos los actos de su vida cotidiana (él excluye el sexo y el ver deporte por televisión), su cerebro sigue volteando ideas para encontrar el ángulo preciso con el que expulsarlas. Una vez ha realizado su película ya la siente como una idea ajena y caduca porque ya está trabajando en la siguiente, que volverá a parecerle añeja cuando la vea convertida en celuloide. Woody Allen no ve películas hechas por Woody Allen, de la misma manera que tampoco habitaría en una casa diseñada por él mismo.“El proceso creativo de reconstrucción de la casa fue lo divertido porque hay que elegir colores, decorar, amueblar espacios y todo ese tipo de cosas maravillosas.” Dirigir siempre consistió en administrar el caos. Estaría corrigiendo su propia obra hasta la locura, cual Brian Wilson cinematográfico.

El afán por la búsqueda del ecosistema perfecto le ha llevado a cometer osadías geniales como crear (junto a su director de arte Santo Loquasto) el decorado más grande que jamás ha albergado Nueva York. Supuso la recreación de las calles empedradas de una pequeña ciudad centroeuropea para su película-homenaje al cine expresionista alemán ‘Sombras y niebla’. Pero la búsqueda más extrema llegó con la maravillosa ‘Septiembre’, su pieza de cámara a lo Ingmar Bergman. Allen contempla el material rodado de su nueva película y no le convence, así que, insatisfecho, decide echar abajo sus cimientos y rehacerla de nuevo. El movimiento es prácticamente suicida y le cuesta a la productora 10 millones de dólares; volvió a filmar su obra sustituyendo hasta a cinco intérpretes del reparto original. “La volvería a rodar una tercera vez” confesó sin bromear durante la promoción.

¿Por qué no optar por una vida disoluta en lugar de una vida de trabajo duro? A pesar de todas sus dudas existenciales resulta evidente que el prolífico cineasta ha optado por el afán de perfeccionismo en su profesión. Por lo tanto ha aceptado la vida aunque sea como una forma de autoengaño, de mentira consciente ante la certeza de la muerte. Y su máxima expresión es su cita anual con ese psicólogo llamado cine. Al fin y al cabo, ¿qué son las películas sino monumentales farsas creadas y perfeccionadas para llegar a una verdad?

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