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Las 50 mejores películas de terror

terror

Del lat. terror, -ōris.

1.m,. Miedo muy intenso.

Consultando la RAE jamás entenderás el verdadero significado del terror. Éstas son las 50 mejores películas de terror.

Años 20

El gabinete del doctor Caligari (1920)

Ambientada con las creaciones de tres artistas alemanes, que realizaron todos sus decorados, es una de las propuestas más inmersivas de la lista. Al contrario que en películas posteriores, su visionado no requiere un ejercicio de contexto, ya que ha ido ganando en tenebrosidad con el paso de los años. Cine mudo atemporal, maravillosamente restaurado con el tinte original del negativo. Profundamente sugestiva e inquietante. Fritz Lang no pudo encargarse del proyecto, y entonces emergió Robert Wiene para dotar a la película de un exquisito personalísimo toque teatral. A menos de dos años de su centenario, la obra eleva al cine a la condición de arte. Álvaro Ramos.

La carreta fantasma (1921)

Victor Sjöström dirige, escribe y protagoniza esta obra maestra muda en la que, aunque se preocupe más por la deriva autodestructiva de su protagonista que por los elementos terroríficos, utiliza lo inefable para canalizar una maravillosa y moralista historia sobre alcoholismo y degradación familiar. En el centro de la narración, una atávica leyenda según la cual el último gran pecador que fallezca antes de las campanadas de la víspera de Año Nuevo será el encargado de llevar las almas de los muertos en la carreta hasta el Más Allá. Apariciones fantasmales (logradas mediante superposiciones), una inusual estructura a base de flashbacks y una sobrecogedora escena en la que el protagonista persigue a su familia con un hacha, puerta mediante. ¿Os suena? José Colmenarejo

Años 30

El doctor Frankenstein (1931)

Su metraje apenas rebosa la hora, pero cuando creas algo tan poderoso, evocador y mágico, ¿es necesario más? James Whale adaptó magistralmente, al amparo de la Universal y sus monstruos, la catedralicia obra maestra de Mary Shelley. Sin duda, este grotesco ser, el que llevó a Boris Karloff al estrellato, es el que más interrogantes acerca de la vida y la muerte nos deja al irnos a la cama. Muchas noches después, la fuerza de sus imágenes en blanco y negro seguirá contigo: una turba con antorchas que va a destruir lo que no entiende, un científico que profana tumbas a la luz de la luna, una niña que conoce a un nuevo amigo a la orilla del río. J.C.

Freaks (1932)

No hay nada más terrorífico que la condición humana, y ‘Freaks’ es la mejor muestra posible de ello. Para visionar uno de los mayores clásicos del cine de terror, es preciso realizar un ejercicio de contexto. Seis años antes de su estreno, no se había proyectado aún cine sonoro de forma comercial. Los progresos en el séptimo arte tenían repercusiones en una sociedad que había encontrado una nueva forma de entretenimiento. Si hoy en día aún nos resultan impactantes las deformidades presentadas en el filme, hace casi 90 años, el impacto fue total. Inicialmente duró 90 minutos el total del metraje, pero los productores tuvieron que acortarlo ante las reacciones de los primeros visionados. Pero no es tanto terror como estupefacción, y, tras salvar el planteamiento, golpea una historia sincera, atemporal y universal. Una historia sobre amor, codicia y fracaso, el fracaso del ser humano. Posiblemente, el mejor tercer acto de la lista, una de las escenas mejor rodadas de la historia del cine. A.R.

Vampyr (1932)

La primera película sonora de Carl Theodor Dreyer (aunque con pocos diálogos), uno de los cineastas más influyentes de la historia, fue un rotundo fracaso. Tras filmar Juana de Arco, una de las mayores lecciones del cine, el director se adentró en un relato fantasmagórico con actores no profesionales para crear una obra que le alejó de la dirección durante una década debido a sus resultados en taquilla. La trama es intencionadamente confusa, presentando desde las primeras escenas referencias a la muerte (como el icónico plano del barquero con la guadaña), pero es una de sus características notorias. La producción más onírica de la lista es también la que mayor libertad deja al espectador en la composición de la premisa. A.R.

Años 40

La mujer pantera (1942)

Aterra que, 80 años después, una obra de 70 minutos sea más aterradora que muchas falacias efectistas de hoy en día. Tan intensa y, aparentemente dulce, como el perfume de su protagonista, de origen serbio. Dos escenas de especial comentario, las dos menos explícitas y las más atemporales, las que posiblemente auparon a la obra de Jacques Tourneur como joya intergeneracional. La escena de la piscina y la persecución de Alice como brillante demostración de sugerencia, montaje, y sentido cinematográfico. Nunca creyó posible superar su condición animal y, al final, acabó consumida por la misma. Imprescindible destacar el Lewton Bus como técnica recurrente del cine de terror. A.R.

Años 50

La invasión de los ladrones de cuerpos (1956)

Basada en la novela serializada de Jack Finney, esta modesta pesadilla de barrio residencial recogió muchas de las nuevas preocupaciones ocultas de la sociedad norteamericana del momento. En un contexto de Guerra Fría, plena carrera espacial, fervor anticomunista y búsqueda del pensamiento único estadounidense, una invasión alienígena que planea conquistar la Tierra de forma silenciosa a través de vainas que generan clones humanos es abono perfecto para la paranoia. El enemigo podría ser tu señora o tu vecino, que tras su aparente normalidad esconde un monstruo inimaginable. Joya absoluta de la serie B cuyo agobiante final entronca sin duda con la ciencia ficción terrorífica y minimalista de la serie ‘La dimensión desconocida’, que comenzaría a emitirse un par de años después. J.C.

La noche del demonio (1957)

El talento de Jacques Tourneur para ahogar a sus personajes en espacios casi irreales, como creados entre el estado intermedio entre el sueño y la vigilia, alcanza aquí momentos de pura magia. Resiste a todo, presupuestos modestos e imposiciones monstruosas de sus productores incluidas; le es igual. Aquí Tourneur confía ciegamente en el poder de la ambigüedad de sus imágenes (los contrapicados utilizados para mostrarnos Stonenhenge, la brillantez formal del extraño vendaval) y en lo universal de la atractiva historia, que inteligentemente mezcla sectas, brujería, sesiones de espiritismo y alguna muerte escabrosa, para intentar llegar a los misterios que la ciencia, por el momento, no puede resolver. Así que el embrollo (prácticamente existencial) en el que sumerge al bueno y escéptico de Dana Andrews embelesa al espectador y resuena posteriormente en un buen puñado de producciones de temática similar. J.C.

Años 60

Los ojos sin rostro (1960)

El poema visual más plástico y terrorífico posible. La dirección de fotografía es enmarcable, remarcable y destacable, toda una bella composición. Clara referencia para notables películas como ‘La piel que hábito’ o ‘Audition’. Aparente historia sobre tejidos, compatibilidades y, sin embargo, bajo esa efímera y delicada piel, hablamos de una película sobre ambiciones profesionales, corrupciones humanas y, en último lugar, libertades ansiadas. El elemento animal, representado por pájaros y perros enjaulados, encierra justicia, y no solo denota poderío narrativo, sino sensibilidad. La auto consciencia de Christiane es la consecución victoriosa de la lucha contra los males internos. A.R.

Psicósis (1960)

En 1960 se estrenaron dos obras maestras que sentaron las bases de los futuros slashers: la amenaza ya no era monstruosa sino humana, psicológicamente desviada y con especial querencia a asesinar a mujeres independientes, preferiblemente a través de elementos fálicos. Una fue ‘El fotográfo del pánico’ y la otra fue esta película barata, rodada de espaldas a los grandes estudios en la que un Hitchcock sin ataduras eliminaba de la ecuación a su protagonista (la estrella Janet Leigh) a los 47 minutos de metraje, tras una ducha histórica en lo formal para el séptimo arte. El público quedaba huérfano, aterrado en un espacio hopperiano que parece traer su propia lluvia, y en manos de un joven solitario, extrañamente atractivo, obsesionado con la taxidermia y con su madre. J.C.

Carnival of Souls (1962)

Película, profesionalmente hablando, maldita. Único largometraje de Herk Harvey (a pesar de que dirigió más de 40 cortos), quien tuvo numerosos problemas durante el rodaje, como la sobreexposición de un negativo durante su revelado, lo que “empobreció” el tercer acto y, en particular, su clímax. Un accidente automovilístico como causante y un órgano eclesiástico como catalizador del más allá. La escena de la representación musical con el órgano es una delicia, una conexión con el carnaval de las almas brillantemente filmado, con inquietantes primeros planos de Candace Hilligoss, una excelente actriz con tan solo tres películas en su filmografía (dos de ellas de serie B). Tras visionar esta película, el representante de la actriz dejó de trabajar con ella, por ello lo de maldita. El extraño e hipnótico valls del clímax es una deliciosa rendición al inframundo, lástima que se perdiesen las escenas que introducían ese baile. El remake de 1998 es un auténtico insulto a su memoria. A.R.

Repulsión (1965)

El desconcierto precede intensamente al terror. Asfixiante, el símil de un conejo en descomposición para representar la sumisión en la demencia. Nada más aterrador que una mente encadenada al caos, nada más angustioso que una mente enferma, que la aparente imposibilidad de cura, que las emociones descontroladas. Polanski insinuó tragedia en su último frame, explicando así la fiebre. Cómo la casa va tornando en la mente de una memorable interpretación de Catherine Deneuve. Todas las obras del desconcierto actuales beben en la idea de descomposición mental que sugiere Polanski, quien confeccionó con soberbia y adelantada maestría su segundo filme. A.R.

La hora del lobo (1968)

Apartado en una isla, el pintor Johan intenta recuperar el pulso creativo y la calma existencial con la ayuda de su mujer Alma (sic). Es ésta una obra de arte y ensayo claramente autorreferencial, ya que el siempre complejo Ingmar Bergman se refugiaba y trabajaba durante largos períodos en la Isla de Fårö y además escogió a Liv Ullmann, su pareja sentimental por aquel entonces, para interpretar a Alma. ‘La hora del lobo’ transustancia los miedos internos del creador en imágenes surrealistas y espeluznantes. Perturbadora y críptica, el más puro acercamiento del sueco al terror nos regalaba a niños endemoniados, una caterva de tétricos aristócratas, figuras que andan por las paredes o desagradables juegos de máscaras mientras lanzaba densas preguntas: ¿debe entregarse un artista al vacío de sus propios demonios y alejarse de la realidad, en pos de la creación? J.C.

La noche de los muertos vivientes (1968)

“Una de las mejores películas de terror jamás creadas”, según Roger Ebert, fue la toma de contacto de los zombies ‘clásicos’ con el cine. A pesar de que obras anteriores ya presentaban a estos seres, su patrón de comportamiento era muy distinto. A finales de los 60, en la obra que supuso el debut artístico del maestro George Romero, los muertos cobraron vida, y sembraron un terror hasta entonces desconocido. Seres salvajes e incontrolables, muy distintos a los monstruos dóciles de obras como White Zombie (1932). De confección tremendamente humilde (con un presupuesto ligeramente superior a los 100.000 dólares), la obra contó con un reparto novel. La escena inicial, del cementerio, se desmarca del cine de terror más insinuador, y dejar paso a la explícita amenaza que protagoniza el devenir de los personajes, brillantemente apresados en su clímax. Así constituye un aterrador y dogmático ejercicio narrativo. A.R.

La semilla del diablo (1968)

“¿Qué le habéis hecho en los ojos?” la frase que anticipaba la terrorífica nana, una de las composiciones musicales más brillantes y aterradoras (interpretada por Mia Farrow, obra del compositor polaco Krzysztof Komeda) representa todo. La satánica y demente escena que reúne a los personajes en torno a la tenebrosa cuna sirve a Polanski para hacer llevar a cabo uno de los ejercicios de terror más sutiles y sugestivos de, sin lugar a dudas, la historia del cine. Y es que, su obra es precisamente eso, sugestión, como su título inglés, todo lo contrario que uno de los mayores spoilers de la fatídica historia de la traducción de títulos cinematográficos al castellano. La fatídica historia alcanza la maestría por escenas como esa, porque la impotencia hace caer el cuchillo, que se clava en la tarima… pero hay que recogerlo para que la demencia continúe. La primera película americana de Roman Polanski tiene en su haber el consenso de ser una de las mejores adaptaciones de la historia del cine. Señalada como fuente de inspiración para la atípica y maravillosa ‘Hereditary’.  A.R.

Años 70

Los demonios (1971)

Es cierto que ‘Los demonios’ es primero un drama histórico sobre la utilización de la religión y el control de la sexualidad como mecanismos de poder. De acuerdo, eso ya da miedo. Ahora vayamos a la exagerada y barroca Francia del Siglo XVIII de la mano del febril Ken Russell para asistir al más multitudinario de los casos de posesión diabólica documentado por la Iglesia Católica. Sí, la aterradora posición de la araña y las masturbaciones con crucifijos en ‘El Exorcista’ tenían su origen aquí; también la inmensa mayoría del nunsploitation. Pero si estamos aquí es por la aterradora creación de Vanessa Redgrave como una deforme, enfermiza y ardiente madre superiora. Maldita y mutilada por culpa de la censura debido a su contenido extremo, ‘Los demonios’ supone contemplar un sacrilegio tan hipnótico como asqueroso.   J.C.

El otro (1972)

Impredecible, misterioso y truculento cuento sobre cómo afrontamos la cruda realidad de la vida cuando somos niños. De alguna extraña manera, parece que el juego que una abuela les enseña a sus dos nietos gemelos empieza a provocar dramáticos sucesos… Robert Mulligan pone en imágenes la novela de Thomas Tyron confirmando el buen pulso para el terror que ya se atisbaba en algunas escenas de ‘Matar a un ruiseñor’. La capacidad que exhibe ‘El otro’ para dejar mal cuerpo a plena luz del día, con paisajes bucólicos, casi idílicos, la convierten en una rara gema del cine de terror, una sutil invitación a la locura. J.C.

El exorcista (1973)

‘El Exorcista’ es, indudablemente, un hito del terror cinematográfico por la envergadura de su producción, recaudación, seriedad artística y brutal impacto en una sociedad cuyas generaciones cada vez estaban más alejadas entre sí. Una madre soltera echa mano del poder eclesiástico católico para combatir al Maligno, que ha tomado el cuerpo de su hija prepúber, convirtiéndolo en algo blasfemo, supurante y amenazante. Las cuentas están claras. La intensidad que imprime William Friedkin a la narración, entre las campanas tubulares de Mike Oldfield y los inolvidables efectos visuales y sonoros, la convierten en una de las más puras experiencias cinematográficas asociadas al horror. J.C.

El hombre de mimbre (1973)

El recto y meapilas Sargento Howie contra el carismático y desatado Lord Summerisle. El ordenado catolicismo contra el libidinoso y arcaico paganismo. En fin, la civilización contra la barbarie. Las pesquisas acerca de la desaparición de una niña llevan al Sargento hasta Summerisle, una isla de la costa británica, que inesperadamente está ocupada por una comunidad sectaria rendida a bizarros cultos arcanos. El temor a despegarse de las convenciones sociales y el miedo a lo diferente gobiernan una cinta de extraña cadencia, curioso diseño de vestuario y explosivo final, que no sólo llena de un hondo desasosiego al espectador sino que es capaz de darle un doble sentido sarcástico a todo el discurso armado previamente. J.C.

La matanza de Texas (1974)

Al contrario de lo que se ha ido difundiendo durante generaciones, la película no está basada en hechos reales. Es probablemente uno de los desmentidos con menos eco de la industria. No interesa, es una forma de alimentar el mito, de engrosar la trágica leyenda. Sin lugar a dudas, es uno de los grandes estandartes del cine de terror de la historia, una de las “pocas películas realmente buenas”, según Ridley Scott. Hay cierto paralelismo arácnido en el personaje (véase la soberbia escena del primer ‘golpe’), situando a las víctimas como presas -o reses- de una gran red – Texas- en la que, teniendo la mala fortuna de caer, difícilmente se podrá sobrevivir. Asistí a principios de 2018 a una proyección en el Cine Doré y comprobé espantado como las risas inundaban la sala. Es extraño, invita a reflexionar si la maestría es atemporal y si los sentimientos son similares generación tras generación -como sucede en otros géneros, como por ejemplo el drama o la aventura épica-, pero se llega a la conclusión de que las risas son de nerviosismo y de que Leatherface, recursos técnicos al margen, es una pesadilla ensangrentada eterna. A.R.

El quimérico inquilino (1976)

El cierre de la apócrifa trilogía de los apartamentos de Polanski tiene lugar en una París oscura, delirante y barroca, perfecta para las pesadillas febriles del tímido Trelkovsky, una suerte de Bartleby que se muda a un pequeño piso cuya anterior inquilina intentó suicidarse arrojándose por la ventana. El genio polaco, experto (por razones biográficas) en las alteraciones mentales causadas por los espacios cerrados, hace gala de un humor negro verdaderamente perverso mientras deja caer a su protagonista (literalmente él mismo) por el sumidero de la paranoia. Te acordarás de su inquietante absurdo cada vez que tengas que bajar a tirar la basura. J.C.

Carrie (1976)

La  menstruación le llega por primera vez a Carrie, la paria del instituto, en el peor momento, en las duchas, delante de sus crueles compañeras. Ojalá ese fuese el mayor problema de Carrie; con el adiós a la niñez llegan también unos sorprendentes poderes telequinésicos… Adaptación de la novela homónima de Stephen King en la que De Palma mezcla de una forma asombrosa la trama adolescente, el melodrama familiar y lo fantástico. Todo es una cuestión de sangre: de la suya propia del inicio que marca el cambio de edad al bautizo de sangre (de cerdo) que recibe como parte de una horrible broma en el baile de graduación, para, en realidad, convertirla en un monstruo. La presión a la que es sometida desde todos los ámbitos sociales una joven apocada terminará por estallar en una media hora final absolutamente desquiciada, a mayor gloria de la gélida mirada de una imponente Sissy Spacek. J.C.

La profecía (1976)

Richard Donner entró en esta (accidentada, casi maldita) producción y eliminó del guion original las múltiples referencias a elementos fantásticos para reducir el conflicto y jugársela todo a blanco o negro, es decir, a casualidad o profecía maléfica. No hay más opciones, o mala suerte o el Innombrable está enredando. A Gregory Peck, siempre un tipo serio, le sale pensar en lo primero, pero las espectaculares muertes (¡qué decapitación!) que se suceden le hacen arrugar la nariz y volcar sus sospechas en Damien, hijo ilegítimo de rostro angelical… Precursora de las imposibles y locas muertes de la saga de ‘Destino final’, en ‘La Profecía’, Donner hacía gala de una elegancia formal heredera directa de la seriedad y clasicismo de ‘El exorcista’ y nos regalaba dos escenas de terror animal memorables: la de los babuinos en el zoo y la de los rottweilers en el cementerio. Lo sentimos, Cujo. J.C.

Quién puede matar a un niño (1976)

Personalísima propuesta. La obra más salvaje, divertida (en el aspecto más aterrador posible) y contemplativa de la lista. No podía faltar en ella Narciso Ibáñez Serrador, padre de las magníficas Historias para no dormir. Su segunda obra fue, sin duda, la más redonda. Rodada en inglés por ser la lengua de sus protagonistas, los productores abrieron la brecha con su director por tomar la decisión de doblar a sus protagonistas al castellano a última hora. La confrontación contra un grupo de niños demonizados en una desangelada isla mediterránea (Tabarca) desata el caos.  Una rara avis a reivindicar. Escenas grabadas a fuego en la retina, con secuencias verdaderamente desconcertantes y con una composición visual exquisita. El clímax es digno de atesorar a escopetazos.  A.R.

Suspiria (1977)

Inspirado en la tradición de los cuentos de hadas e influenciado por el estilo de su mentor Mario Bava, Darío Argento construye una imposible escuela de baile en Alemania para arrojar a una joven advenediza a sus también imposibles secretos e imposibles maestras. Todo es imposible, y por lo tanto irresistiblemente cinematográfico, en esta oda al Technicolor, a la creación de atmósferas alucinadas, de texturas coloristas, de arquitecturas viciadas. La orquestación de cada asesinato es de un preciosismo abrumador, lo que convierte a Suspiria en una experiencia sensorial delirante… y también bella. Sólo hay que dejarse llevar para que sea imposible apartar la encendida mirada. J.C.

La noche de Halloween (1978)

El mejor slasher de la historia del cine, indiscutiblemente, y una de las películas independientes de mayor recaudación. El equilibrio perfecto entre la tensión previa, el efectismo del durante y la calma posterior. Su música, compuesta por el director, John Carpenter, aún resuena con la misma  efectividad y lo seguirá haciendo eternamente. Un total de once películas conforman una de las sagas más prolíficas del cine de terror y, sin embargo, la primera, por nostalgia, será sin duda la mejor. Carpenter homenajeó a Hitchcock eligiendo a una jovencísima Jamie Lee Curtis, hija de Janet Leigh, protagonista de ‘Psicosis’. Y precisamente bebe de ella para impulsar este subgénero, más allá de los psicokillers, las historias convergen en la imperfección del asesino y en la tremenda fragilidad de los personajes. Michael Myers siempre resucitará, pero Halloween no habrá más que una. A.R.

Alien, el octavo pasajero (1979)

El guionista Dan O’Bannon y el director Ridley Scott recogieron el espíritu ampuloso y maduro de los éxitos del Nuevo Hollywood de los años setenta para armar una aventura de terror espacial que roza la perfección. Como si del reverso psicosexual y lovecraftiano de ‘Encuentros en la tercera fase’ se tratara, aquí el alienígena – una brutalidad casi imposible de describir diseñada por H. R. Giger y aún no superada – supone una amenaza desesperante y siempre en penumbra a través de los ya de por sí angustiosos pasillos de la Nostromo. Seguramente, éste sea el mejor y más viscoso anuncio contra el turismo espacial jamás realizado, gracias en gran medida al parto (con permiso de Cronenberg) más horrible de la historia del cine. J.C.

Años 80

El resplandor (1980)

¿Cuánto lleva Jack Torrance encerrado en el Hotel Overlook? ¿Existe el tiempo tal como lo conocemos dentro de sus pasillos? ¿Quién o qué altera su arquitectura para confundirnos? ¿Qué significa ese laberinto? Kubrick entregaba a Jack Nicholson un hacha y una máquina de escribir, y a los espectadores una cinta inquietantemente equívoca, un festival de fantasmagóricos puntos de fuga repleto de imágenes imborrables: dos gemelas dadas de la mano, un ascensor que carga litros de sangre, una feliz fotografía en blanco y negro. El abismo, tío. J.C.

Al final de la escalera (1980)

Spielberg proyectó varias veces ‘Al final de la escalera’ durante el rodaje de ‘Poltergeist’ (de la cual era productor), para transmitir al elenco su atmósfera. Scorsese la considera una de las 11 mejores películas más aterradoras de la historia. Palabras mayores. El bote de una pelota, un gesto inocente, fue eternamente pervertido por el clásico de terror canadiense. La imposibilidad de alejarse de un pasado traumático sirvió como contexto terroríficamente cimentado en la casa, recreada para la película ante la imposibilidad de los productores de encontrar alguna parecida. Empeñarse en vivir en ella siempre fue demostración inútil del género y de los personajes que lo pueblan. La escena de la escritura ha servido de inspiración a incontables películas. A.R.

La cosa (1982)

¿Marca el buen envejecer la condición de clásico de una obra? Si es así probablemente no estemos ante uno. Tras décadas más sugerentes, implícitas y sutiles, en los 70 y los 80 floreció lo explícito y, con ello, la cosa. Una expedición Antártica como purgatorio, como nexo entre lo extraterrestre y lo terrícola. Hoy en día funciona mejor como acción que como terror,  funciona mejor MacReady (Kurt Russell) como depredador que como presa. Posee escenas de retina, aunque lo más icónico sea siempre el fuego, como purga, como climax. No, no lo marca el buen envejecer, lo marcan las llamas, la nieve y Kurt Russell, y ahí seguirá la cosa.  A.R.

Posesión infernal (1981)

Quizá éste sea el sueño del estudiante medio de cine: irte a una cabaña abandonada en mitad del bosque para rodar con tu mejor amigo de protagonista una película gore sobre ancestrales ritos, maldiciones encerradas en cintas y macabras posesiones, que Stephen King la bendiga y que triunfe. El colmo sería ya cerrarla como trilogía (más serie) y comprobar que tu artefacto – artesanal, de espíritu cartoon –  siga funcionando según lo vires a la comedia o a la aventura. Cual historieta terrorífica de Eerie, ‘Posesión infernal’ hace gala de una autenticidad y una agresividad absolutamente irresistibles, brindando arcadas y momentos de pasmo con apenas un travelling hecho con una bicicleta. J.C.

Poltergeist (1982)

A primeros de los años ochenta, el hermanamiento entre el candor de Steven Spielberg, amigo de los alienígenas, y la crudeza visceral de Tobe Hooper, director de ‘La Matanza de Texas’, se antojaba imposible. Milagros del terror, el resultado fue este ‘Poltergeist’, el intento por exorcizar los miedos más oscuros de la infancia del aquí productor y guionista Steven Spielberg: el árbol que veía desde su ventana y los payasos. El guion se preocupa en acercarnos al amable caos familiar que acompaña la llegada a una nueva casa para después hacernos disfrutar con todo un carrusel (casi festivo, circense) de sustos, trucos y amenazas interdimensionales cuyo hilo conductor es la utilización de todo tipo de elementos domésticos universales: espejos, televisores, sillas, juguetes… El éxito fue absoluto, y su célebre ‘¡Ya están aquiiiiií!’ logró colarse entre la lista de las 100 mejores frases de película para el American Film Institute. J.C.

Pesadilla en Elm Street (1984)

El germen de una de las sagas más prolíficas del cine de terror salvó a New Line Cinema de la bancarrota. Su éxito fue mayúsculo pero, a cambio, saltar a la comba nunca volverá a ser lo mismo, ni tomar un baño, ni siquiera tumbarse en la cama a descansar. La premisa estaba clara, Wes Craven recurrió a lo onírico para desatar el terror, pero continuó las reglas de Carpenter en lo que un slasher se refiere. La cantidad de sangre es atípica en este subgénero y, sin embargo, funcionaba por estar en esa fina línea entre realidad y ensoñación. Tal nivel de sangre que Robert Englund, actor que interpretaba a Freddy Krugger, se cortó con el primer uso del icónico guante, tres horas de maquillaje debían aturdir. El debut de Johnny Deep tiñó bermellón, sin duda, una delicia para los mitómanos. A.R.

Años 90

Scream (1997)

En los 90, el inglés no era lo nuestro, por lo que, el apellido ‘Scream: Vigila quien llama’ fue la solución. Mucho más sutil que ‘Grita antes de morir’, ‘una llamada extraña’ y ‘la máscara de la muerte’, apellidos latinoamericanos. Wes Craven se obsesionó con una máscara que encontró por casualidad, buscando localizaciones. Pese a las advertencias de su productor (Bob Weinstein), solicitó al estudio utilizarla en su próximo proyecto. “Es cómica Wes, el público se reirá de ella”. Ignorándolo, Craven dispuso alrededor de The Peanut-Eyed Ghost (nombre de la máscara original que el estudio tuvo que “rediseñar”, al no tener los derechos) todos los elementos que le coronaron como uno de los exponentes del género, una zona residencial, corriente y aparentemente tranquila, un grupo de adolescentes, y una pesadilla. El slasher de toda una generación. Tras ‘Las colinas tienen ojos’ en los 70, y ‘Pesadilla en Elm Street’ en los 80, Craven selló los 90 con otro clásico instantáneo. A excepción de las sucesivas pesadillas de Freddy, sí que quiso liderar las secuelas de Scream, que fueron perdiendo fuerza… para resurgir con una digna cuarta parte. A.R.

Funny Games (1997)

Snob, arrogante, obscenamente posmoderno; puede ser. Haneke le confesó a su productor Veit Heiduschka que si la película triunfaba sería simplemente porque la gente no la había entendido. Dos jóvenes, de blanco impoluto, llaman a la puerta de una familia burguesa para pedir unos huevos. A partir de aquí, un ejercicio de supervivencia doloroso, sangriento, hiperrealista y en última instancia gratuito. Al fin y al cabo, ¿no hemos venido a eso? Haneke provoca al espectador interpelándole directamente a través de uno de los atacantes, jugando magistralmente con la fascinación que nos brinda la violencia en  pantalla pero también con nuestra capacidad empática. Su acercamiento cerebral (otros como Pasolini y Polanski lo hicieron antes) al subgénero home invasion triunfó. Diez años después realizó un remake en el que se calcaba a sí mismo prácticamente plano a plano, esta vez con estrellas de Hollywood. Snob, arrogante, obscenamente posmoderno. Una genialidad. J.C.

Ringu (1998)

Extraña y al mismo tiempo reconforta comprobar cómo la cultura asiática expresa sentimientos de una forma tan distinta a la occidental. Esto es quizá más palpable en obras dramáticas (véase Kore eda), pero el terror es de los géneros más universales posibles. La globalización del cine asiático de terror fue posible gracias a esta joya. La viralizacion llegó con cintas de vídeo, no con smartphones. Nakata supo potenciar una original premisa y dotarla de la atmósfera necesaria. The Ring vive por y para aterrorizar. La sentencia del VHS como formato sirvió como contexto efectista de una historia. La confirmación de la maldición y la posterior búsqueda de una liberación van más allá de una simple historia de terror, conduce hasta la purificación del alma y hasta la condición humana de explorar los límites en lo que a supervivencia se refiere. A.R.

Audition (1999)

Esta perversión doméstica del prolífico y chungo Takashi Miike no se siente como una película de terror en sus primeros compases; un productor de televisión viudo decide, tras consejo de un amigo, montar un casting para una obra inexistente y así poder conocer a unas cuantas mujeres. Tras 45 minutos de calma tensa, Miike nos regala uno de esos planos que se clavan en la memoria del cinéfilo… Abandonamos a nuestro protagonista y nos vamos al otro lado del teléfono, con la ganadora de la falsa audición: una sonrisa maliciosa en su rostro y un saco de dudoso contenido a su lado. Ríete tú de conocer desconocidas vía Tinder. El horrible e inolvidable maratón que viene a continuación supondrá una prueba de fuego para el espectador. Si lo aguanta, imágenes de ‘Audition’ acudirán a acompañarle cada vez que se pase el hilo dental. J.C.

El Proyecto de la Bruja de Blair (1999)

“Temo cerrar los ojos, también temo abrirlos”, y en ese estado de indecisión, se descubre una de las películas más desgarradoras de la lista. Desgarradora por la impotencia y por lo sugestivo de la propuesta. Popularizó el found footage, del cual ‘Holocausto Canibal’ fue pionera. La madre de la actriz reconoció años después haber recibido miles de cartas de fans de la película mostrando sus condolencias. El mito alimentó a la bruja y el proyecto tornó en leyenda. Es, sin duda, la obra más inmersiva y, por lo tanto, terrorífica. Los detractores de este tipo de realización aludían a la perversión de la confección cinematográfica, pero, desde luego, esta historia no se entiende sin ella. Como toda leyenda, mil rumores y curiosidades hacen de su rodaje una auténtica delicia, de hecho, dos de sus momentos más impactantes (llantos y aparición) son producto de ‘sonidos del rodaje’. A.R.

El Sexto Sentido (1999)

Más allá del abracadabra final que descolocó a un público entregado que no podía dejar de hablar de ella, ‘El Sexto Sentido’ revelaba ya a Shyamalan como un artista de lo fantástico que se preocupaba por sus personajes muy por encima de la media marcada por sus compañeros de género en Hollywood. Aquí, la relación entre un psicólogo infantil y un niño que tiene el don de comunicarse con los muertos no sólo deja un puñado de fascinantes y sobrecogedoras apariciones fantasmales sino que se erige como un drama sobre la importancia del núcleo familiar en la que el verdadero terror se encuentra en hechos horribles y traumáticos pero plausibles: accidentes de coche, violencia callejera, traumas sin revelar… J.C.

Siglo XXI

Mulholland Drive (2001)

A David Lynch le gusta pulular por las constantes del género de terror sin llegar a abrazarlo directamente. Desde una fascinante heterodoxia, ha salpicado su filmografía de atmósferas oníricas, sublimes imágenes y acongojantes sonidos. Empeñado en hurgar en los ángulos muertos del american way of life a través del poder de la imagen audiovisual, siempre ofrece momentos, destellos únicos de auténtico miedo cerval. No recomendamos ver Mulholland Drive, un brillante enigma sobre aspiraciones profesionales y bajos fondos en Hollywood, a solas en la oscuridad. Bueno, sí. Por el monstruo detrás de Winkie’s, por el cowboy, por el Club Silencio, por ese zumbido, por el glorioso desconcierto. J.C.

Pulse (2001)

Que Internet y sus redes sociales podían alejarnos de la realidad, enfriar nuestras relaciones y aislarnos al calor de sus unos y ceros lo vieron venir los amigos nipones antes que nadie. Lógico, por otra parte. Aquí, Kiyoshi Kurosawa, entre cables, monitores, webcams y routers, se saca de la manga una misteriosa página que ofrece a los internautas la posibilidad de ver un fantasma. No importa las veces que hayas actualizado el Antivirus; la espeluznante sensación de que algo inmaterial y de borrosa procedencia está al otro lado es real. Qué mejor que el nuevo terror derivado de la informática para explotar esta sensación. Tras años de mejoras en la conexión y de muchas actualizaciones, ‘Pulse’ mantiene su clase como gran exponente del J-Horror y su gran capacidad para poner los pelos de punta intactas. J.C.

Dark Water (2002)

Estamos ante una fábula, ante un cuento perverso y retorcido, ante una defunción por ahogamiento. Nueva perla de Hideo Nakata, junto a Polanski y, único director con dos obras en la lista. Impresiona su condición de creador de atmósferas, en este caso, empleando el agua como elemento que une el mal y la tragedia. Los movimientos de la cámara en las escenas de mayor tensión son extremadamente sutiles, prescindiendo de sobresaltos efectistas agita-salas. Escenas como la del ascensor requieren de una sensibilidad especial y, aunque de terror hablemos, queda claro que puede haber algo más allá de la simple agitación del espectador. A.R.

REC (2007)

“¡Grábalo todo por tu puta madre!”, o cómo definir en una frase el orgullo cinematográfico patrio. No es pionera en Found Footage pero sí posiblemente el más aterrador y acertado ejercicio de este subgénero (con permiso de ‘La Bruja de Blair’). Un incidente más en las Ramblas, pero no uno cualquiera, expuso la terrorífica historia rodada de forma cronológica (detalle completamente atípico en la realización cinematográfica) que maravilló al género.  De su aparente e inocente aspecto de reportaje de sucesos, la película derivó en una calculada y dimensionada aproximación al abismo. Más allá del poderío narrativo, impactó su confección, grabada en el colectivo popular gracias a escenas como la que desencadena el conflicto (con la anciana inmóvil al fondo de la imagen). Jaume Balagueró y Paco Plaza aseguraron tomar como inspiración programas como ‘Cops’, ‘Madrid Directo’ o incluso un breve vídeo, publicado en youtube, ‘Fallen Angel in Catalonia’A.R.

El Orfanato (2007)

La película con más nominaciones de la historia de los Goya posee en una sensibilidad especial, una mirada dermatológica de una historia de aroma añejo. La dirección artística propicia la inmersión y una portentosa Belén Rueda guía una historia con corazón. Muestra la capacidad del género de presentar propuestas que, partiendo de elementos que lo forjaron, se alejan del cliché. El final, tan fatídico como, irónicamente, terapéutico, contribuye a la memoria. Sin duda, logra sin efectismos artificiales algunos de los mejores sustos de la lista. La obra que catapultó con total justicia a un director (Juan Antonio Bayona) asentado en la comercialidad y con preocupantes señas de involución artística. A.R.

Déjame entrar (2008)

Según la leyenda, los vampiros deben tener permiso antes de entrar en casas ajenas. Pero esta joya del cine sueco no lo pidió para coronar el top de la revista Empire en 2008, única extranjera que lo hacía desde ‘Ciudad de Dios’, palabras mayores. Desasosegante, terror escandinavo con todos sus matices culturales, brilla por la contextualización de historias universales en distintas culturas y por su excelente dirección. El anticlímax en la piscina es memorable, excelentemente confeccionado, una extraña combinación entre sugerencia y explicitud, una cámara sumergida para intuir un horror posteriormente confirmado y, a pesar de todo… justo.  Hay cierta labor artesanal en la elaboración de sus efectos, y es ahí donde reside también un toque añejo que la encumbra. La escena del ataque de los gatos camina en esa fina línea entre la excentricidad, la comicidad, el desconcierto y el terror. Sin duda, escena para la posteridad del género. A.R.

Expediente Warren (2013)

No hay vocación de experimentar, ni siquiera de expedientar. La arquitectura del horror, calcada por enésima vez, brilla por encima de eternas e interminables sagas como la de ‘Amytiville’. Apostar por el matrimonio Warren fue sin duda una acertadísima decisión, ya que dotaba de humanidad el exorcismo e implicaba la figura del protector más allá de la indefensión de una familia afectada  por el mal. Así, el terror basado en exorcismos demostró no estar desgastado, simplemente necesitábamos asistir a una posesión bien dirigida, con una atmósfera previa que introdujese a la perfección el clímax, apabullante. Escenas como la de las palmadas, o la del espejo, ya son icónicas y conforman la que sin duda es una de los cinco mejores exorcismos de la historia. A.R.

Babadook (2014)

Aquí Jennifer Kent volvía a demostrar la inmensa capacidad que posee el cine de género para catalizar problemas complejos como los de su ópera prima: la pérdida, la culpa o los miedos inherentes a la maternidad. La imaginación de su hijo pequeño y un libro negro que aparece misteriosamente en casa atraen la presencia de una suerte de hombre del saco con alargadas garras y sombrero de copa, con esquivo rostro pero empeñado en decir su nombre con un tono de voz verdaderamente agradable. Sus impredecibles e imaginativas apariciones, aupadas por un efectivo diseño de sonido, van aislando progresivamente a la madre, creando un perfecto estado de zozobra claramente contagioso para el espectador. J.C.

It follows (2014)

Tal fue nuestra perplejidad al asimilar la premisa que David Robert Mitchell (director) tuvo que confirmar que ‘Eso’ podía viajar en avión para seguir a su víctima, sin duda, necesario. Una de las mayores joyas del siglo, más allá de lo efectivo, original e incluso chirriante del planteamiento, por la cuidada confección del resultado. La fijación por la pesadilla ha sido una temática recurrente del género, pero introducirlo como concepto prácticamente venenoso, como una maldición contagiosa y sexual, fue el terrorífico acierto. ‘Ser perseguidos hasta la muerte’, bravo. La secuencia que corona el tercer acto, desarrollada en una piscina, es icónica y bella, un ejercicio plástico con imágenes poderosas (dos personajes buceando y el contraste azul vs rojo). Obra sin duda marcada a fuego en un sector que precisa -irónicamente- estímulos, acierta allá donde muchas obras de Stephen King han fallado al ser adaptadas. A.R.

La bruja (2015)

La sorpresa por excelencia del género en este siglo. Los elementos atemporales siempre ayudan en el ejercicio de ser aterrorizado, pero la época de las brujas, maleficios y demás ritos satánicos tienen un mayor potencial de impacto cuanto más se aproximan a su época de repercusión social.  Sin duda, la mejor aproximación al inquietante e ilusorio magnetismo de un bosque. Hay verdad en cada plano, congelado y pausado hasta que la narración así lo requiere. No hay vocación de engañar con clichés que pueblan el género. Esperamos continuamente una señal que nos recuerde cómo funciona, pero ésta nunca llega. Es tan honesta como valiente, solo se sirve a sí misma y a su narración. Brillante rareza. A.R.

Hereditary (2018)

A Peter le están explicando en clase que Hércules es “sólo un peón” incapaz de ver las señales que le conducen inexorablemente hacia su destino, pero no hace mucho caso a la profesora. Tú tampoco se lo harías si tuvieses montada en casa la que tiene Peter. Ari Aster demuestra pulso cinematográfico con apenas un truco de trilero en la primera y desconcertante escena de esta oscura, triste y avasalladora película. No sabemos qué tipo de terror es tu predilecto, pero estamos seguros de que está aquí encerrado, en este memorable in-crescendo diabólico a vueltas con la identidad y la incomunicación dentro del (opresivo y matriarcal) núcleo familiar. J.C.

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